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La solidaridad de las colaboradoras del plan Unidos en el barrio 15 de septiembre

Todos los lunes, miércoles y viernes, siete voluntarias de la Iglesia Casa de Dios preparan más de 300 raciones de comida para los vecinos de la zona.

La solidaridad de las colaboradoras del plan Unidos en el barrio 15 de septiembre

 

En el marco de la pandemia por el Covid-19, la iglesia Casa de Dios, ubicada en el corazón de barrio 15 de septiembre, fue habilitada por el Gobierno de la Ciudad como uno de los 62 puntos del plan Unidos para brindar a las familias vulnerables a un plato caliente.

Desde hace 11 semanas, un grupo de siete mujeres realiza un servicio social y solidario para la comunidad de la zona norte. Se trata de Gabriela Coca, Ada Cisneros, Silvia Laime, Dina Hualpa, Tempora Maizares, Verónica Vargas y Susana Córdoba. Juntas preparan, todos los lunes, miércoles y viernes, cuatro ollas grandes para brindar 300 raciones de comida a vecinos de los barrios 15 de septiembre, Juan Manuel de Rosas, La tradición, Patricia Heitman, 17 de Octubre, Balneario y otros.

Gabriela, pastora y encargada del punto Unidos, comentó que desde el Gobierno de la Ciudad se les dio la oportunidad de colaborar con sus vecinos brindando alimento a distintas familias. “Teníamos el deseo de ayudar pero no teníamos los recursos. Realizamos este convenio y ahora podemos colaborar brindando todo lo que necesitan en este tiempo de pandemia”, afirmó.

Desde las 12.30, representantes de más de 75 familias se acercan al lugar para buscar las raciones que luego compartirán en sus hogares. “Vengo desde marzo a buscar mi plato. Estoy conforme porque nos ayudan mucho”, comentó Julio Sequeira de barrio 15 de Septiembre, al igual que Lautaro Mamani, un joven del barrio Juan Pablo II, quien destacó la iniciativa del Gobierno de la Ciudad. “Es un trabajo solidario para todos los vecinos que la estamos pasando mal”, opinó.

Cada plato de comida es el resultado del trabajo de estas siete mujeres solidarias, que dejan de lado sus quehaceres diarios para tender una mano a sus vecinos. Ada, una de las voluntarias, cuenta que la enorgullece poder colaborar: “Mi sueño siempre fue ayudar a los demás, con lo poquito que tengo. La gente se va contenta cuando reciben la comida y nos dicen que es muy rica”.

Silvia Vargas, otra de las colaboradoras, relata que cada mañana trabajan pelando y picando las verduras para el menú del día. “Estamos cancheras haciéndolo. Aprendimos a sincronizamos y hacer bien nuestro trabajo. No solo ayudamos con un plato de comida también con una palabra de aliento”, explicó.